Eso dice la sabiduría popular. El tiempo divino es perfecto. Afortunadamente los humanos no somos perfectos y no tenemos que ceñirnos a la perfección de los tiempos y las obras.
Ayer una de mis mejores amigas me contó que tras dos años de relación y casi dos de vida de pareja, terminó con su novio. "Me tardé en terminar con él, ¿verdad?" Inquirió. Le respondí: "Te voy a decir una cosa... Los tiempos de Dios son perfectos... los míos no. Los tuyos tampoco".
Hay cosas para las que uno procrastina o delega, posterga o urge, presiona, forza o simplemente abandona. Y está bien. Uno vive tan condicionado socialmente al canon de perfección dictado por el aparato ideológico y la incorporación de directivas es tan profunda que, en muchas ocasiones de nuestra corta y superflua vida, las tomamos como ideas propias, como convicciones.
Cada uno tenemos nuestro propio tiempo, nuestro lapso de sanación y recuperación. Tenemos una latencia de tiempo distinta a la de los demás y a la del paso que dicta el ritmo de nuestra cultura.
Es mejor para cada uno llegar a un nivel de auto conocimiento lo suficientemente profundo para tener plena conciencia de esa latencia.
A mí, por ejemplo,me cuesta mucho mucho mucho trabajo deshacerme de una experiencia significativa, por breve e intrascendente que pudiera parecer. Haber andado con una novia durante nueve meses ¡me costó como seis años olvidar!
Tal vez me costó tanto porque no me he auto conocido lo suficiente como para saber qué podría hacer para ser desapegado por mi bien.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario